Reconquistar nuestro instinto guerrero en pleno siglo XXI

Mientras el otomano vuelve a ser el centro de la historia contemporánea, conquistando y construyendo su relato, mientras el ruso lucha por la sobrevivencia de su nación y el chino usa la economía para conquistar medio mundo, el hombre occidental está sentado en el sofa, comiendo pipocas y bebiendo Coca-Cola. El europeo está a punto de desaparecer.

Por cierto, no vamos a desaparecer en el día de mañana. Dicho esto, deberíamos sacar provecho de esta lucidez para organizarnos, imaginar la forma que pueda tener la reemergencia del hombre europeo en el siglo XXI, antes de que sea demasiado tarde. Así piensan los más fieles defensores y los que más respetan su ascendencia y su descendencia, los que no han abandonado toda idea de transmisión, los que ven en el futuro la oportunidad de volver a ser lo que fuimos. Por el contrario, los consumidores siguen en su sofa.

Somos latinoeuropeos. Formamos parte de estos pueblos de la Europa latina que conocieron tanto el esplendor de Roma, como la sabiduría griega y su encarnación religiosa, el cristianismo, y particularmente el catolicismo. No somos un pueblo cualquiera, menos el pueblo español.

España es la nación que, frente a las tropas de Tarik, tuvo que sobrevivir teniendo a Aristóteles y a Séneca en su memoria, a la madre de Cristo en su corazón y a Trajano, Teodosio y Adriano como recuerdos imborrables de su romanidad. Fue con la fuerza de la espada y con el ardor del alma cristiana que España resurgió tras siglos de peligro: no mirando la Isla de las Tentaciones, ni el porno americano.

La sociedad de consumo es una inmensa máquina de castrar al hombre – e incluso a la mujer, que tiene un papel revolucionario primordial. Es algo pensado tanto a nivel teórico como práctico: nadie duda que las estrategias de márquetin pueda producir efectos de seducción, pero pocos saben de donde proviene esta ideología que acompaña la agonía de Occidente.

Como muchos lo adivináis, esta ideología solo podía ser el fruto de la mente enferma de un burgués como Benjamin Constant, un conservador totalmente hostil a Napoleón Bonaparte y que fue considerado por el propio Alejandro Dumas como «una cortesana que siempre se ofreció a quien detenía el poder, sea en política, en literatura o en moralidad (…)«, y también como «un combinado de debilidades y contradicciones«. Nada halagador.

El diputado conservador hizo un discurso en el Ateneo de París en el 1819 Sobre la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos, en el que exponía la ideología comerciante de su clase:

La guerra es anterior al comercio; pues la guerra y el comercio no son sino dos medios diferentes de alcanzar la misma finalidad: el de poseer lo que se desea. El comercio no es sino un homenaje ofrecido a la fuerza del poseedor por el aspirante a la posesión. Es una tentativa para obtener paso a paso lo que no espera más que conquistar por la violencia. Un hombre que siempre fuera el más fuerte, no tendría jamás la idea del comercio. La experiencia le demuestra que la guerra, es decir, el empleo de su fuerza contra la fuerza del prójimo, lo expone a diversas resistencias y a diversos fracasos, y lo lleva a recurrir al comercio, es decir, a un medio más suave y más seguro de comprometer el interés de otro a consentir lo que conviene a su interés. La guerra es el impulso, el comercio es el cálculo. Pero por la misma debe venir una época en que el comercio reemplace a la guerra.
Hemos llegado a esa época.

Sobre la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos, Ateneo de París (1819)

En un momento en que el islamismo decapita a un profesor de historia en París, invade las Ramblas de Barcelona con un vehículo y se organiza a nivel internacional para acabar con la civilización que ha diseñado el hombre europeo los dos mil últimos años, la ideología del comercio es totalmente ineficaz.

La sociedad de consumo es anacrónica. O salimos de esta cosmovisión heredada de la revolución industrial, o desapareceremos. Se trata de sobrevivir y por lo tanto de adaptarse a los cambios globales. Hoy vivimos en una época mucho más cercana a la de la Batalla de Covadonga y las Cruzadas que a la Revolución Francesa o la Revolución Industrial. Si nuestras élites no lo notan, la mayor parte de los españoles sí lo sabe.