EL LIBRE MERCADO CONTRA EL MUNDO RURAL

El desafío de España pasa por resolver la crisis que atraviesa la España interior, y es que 6 de cada 10 “municipios rurales” tiene menos de 1000 habitantes. Es decir, la España interior está en peligro de extinción, lo que coloca a España en peligro de supervivencia. 

COSMOPOLITISMO FRENTE AL CAMPO ESPAÑOL

El campo español sufre desde hace décadas una hemorragia de habitantes que se marcha a las ciudades, dando lugar a aquello que se llama la España vacía (o vaciada, por las implicaciones políticas). Pero eso no es lo que nos toca ahora, o sí, pero no de forma directa; lo que queremos recoger en estas líneas es cómo la dinámica irremediable de la etapa global del capitalismo actual ataca al mundo rural: su proyecto cosmopolita le declara la guerra al campo español.

La globalización pone en peligro de extinción al campo español, y esto no es más que consecuencia directa de la dinámica irremediable del capitalismo global, que con la defensa a ultranza del libre mercado, propone la destrucción de las fronteras mediante la libre circulación de mercancías, de capitales y de mano de obra (en forma de inmigración del tercer mundo). 

EL IMPACTO DE LA GLOBALIZACIÓN EN EL MUNDO RURAL 

A principios de año conocíamos la complicada situación de los citricultores valencianos. La competencia desleal de la naranja sudafricana provocaba que toneladas de naranjas valencianas se quedaran sin recoger. Mientras que los agricultores valencianos apenas reciben 0,08 céntimos por kilo de naranjas, llegando a cifras tan abusivas de 0,01 céntimos por kilo, en el mercado supera el euro.

El mercado sudafricano sigue acelerando su producción y, puestos a competir, el país africano tiene la capacidad de reducir tanto su coste de producción que los afectados deciden dejar sin recoger el trabajo de todo un año. La deslealtad en la competencia entre las naranjas sudafricanas y valencianas no se reducen a un dumping laboral (de condiciones tercermundistas) ni a un dumping salarial (de salarios miseria), sino que alcanza al dumping ecológico, es decir, hacen uso de productos químicos y herbicidas prohibidos por la UE, pero que sí son legales en los mercados africanos a los que la UE les abre la puerta: “Son productos alimenticios que ingerimos diariamente y con componentes que si en Europa y en España están prohibidos, será por algo”, denuncia Fernando Moner, Presidente de AVACU. El uso de estos químicos permite a los productores africanos rebajar aún más el precio de sus cítricos que los agricultores españoles, derivando en perjuicios para los consumidores. 

Lo mismo está pasando con la lucha del plátano de Canarias contra la banana de Brasil, que la libertad de circulación irrenunciable de la UE va a crear un exceso de abastecimiento de banana de terceros países a Europa que acabará con el plátano español. Ante esta competencia desleal, el plántano de Canarias perderá. Y así todos los productos agrícolas que son el sustento de miles de familias españolas y que forman parte fundamental de la economía del país. Un sustento que mantiene a gran parte de la España vacía, una España de interior vaciada por la desprotección de los políticos. 

EL LIBRE MERCADO NUESTRO ENEMIGO

El libre mercado consiste en la destrucción de las fronteras. Cualquiera que sea. Su defensa se basa en la libre circulación de mercancías, en la libre circulación de capitales y en la libre circulación de mano de obra. Todo esto supone, en última instancia, una competencia desleal que los trabajadores del primer mundo sufren frente al tercer mundo. Los trabajadores españoles tienen una historia de conquistas sociales, de la que carece el tercer mundo, y que tienen que defender.

El libre mercado pone a competir a los trabajadores españoles contra el tercer mundo; a los penúltimos contra los últimos.

Esta competencia desleal, que facilita la globalización, se camufla mediante la deslocalización, llevándose la producción a países del tercer mundo donde las condiciones laborales sean precarias, el coste salarial abusivo y los requisitos ecológicos inexistentes; mediante la importación, importando mercancías fabricadas con dumping social, ecológico y laboral, y escapando de los requisitos que se demandan en los países desarrollados; y, por último, mediante la inmigración, importando mano de obra barata que permite abaratar costes a los productores del primer mundo y que hacen reducir los salarios y las condiciones laborales. Es decir, ponen en riesgo más de siglo y medio de conquistas sociales de Europa. 

FALACIAS DEL LIBRE MERCADO

Cuando David Ricardo elaboró su famosa teoría de los costes comparativos, la base del libre mercado, obvió que solamente es aplicable a un mundo reducido, fijo y estable. No sirve en un mundo global y dinámico, donde la producción, los salarios, el capital y el trabajo son cada vez más móviles; evolucionan con el transcurso del tiempo donde hay libertad de circulación y las industrias pueden deslocalizar su producción. 

Ni Reino Unido, ni Francia, ni Japón, ni Corea, desarrollaron su potencial industrial respetando la ley de ventajas comparativas de David Ricardo. Inglaterra no hubiera experimentado su expansión industrial sin un previo proteccionismo que le dio la capacidad de desarrollar una industria fuerte y competitiva. Inglaterra defendió el libre mercado cuando la ley de ventajas comparativas le permitía competir contra la industria extranjera, y ha vuelto al proteccionismo siempre que lo ha necesitado. 

El libre mercado implica un grave riesgo para la industria y el sector primario español, dada la destrucción de su base productiva y con ella de los empleos, salarios y condiciones laborales. Si los países competitivos industrialmente, como Japón, hubiesen cumplido la ley de David Ricardo y no hubieran protegido su producción nacional, muy seguramente Japón seguiría exportando té y seda.

No hay soberanía sin patriotismo; no hay patriotismo sin proteccionismo ni justicia social. 

Foto : © Valentia Forum