El escándalo del carbón marroquí

España es rica en sus minerales y de su tradición minera. Tras siglos de minería, la península ve sus minas de carbón cerradas poco a poco por necesidades medioambientales. Lo que no se sabe es que el carbón se sigue quemando para suministrar energía a España -y sigue contaminando-, pero en Marruecos. 

La minería, una tradición española

La minería forma parte indudablemente del panorama cultural hispano, y en particular del norte de la península. Este rasgo nacional proviene de la Antigüedad y empezó a aparecer bajo el Imperio romano, cuya mayor mina de oro a cielo abierto se situaba en Las Médulas (en el Bierzo, provincia de León). No obstante, no es la invasión itálica la que rememoran los españoles cuando piensan en la minería, sino más bien las grandes cantidades de carbón y de plomo que se extrajeron del subsuelo asturleonés durante los siglos XIX y XX. 

A partir de los años 1990, las minas de carbon se empezaron a cerrar. Las normativas de la Unión europea incitaron a que se cerrasen las minas, altamente contaminantes según los expertos medioambientales. 

No se tomó en cuenta la soberanía energética de España

Las minas españolas de carbón fueron deficitarias durante muchos años. Los altos costes de explotación obligaron a las entidades públicas financiar las empresas privadas del sector; pero nunca se planteó una política claramente proteccionista para permitir que el sector sobreviviera.  Tampoco hubiese sido posible aceptando el marco legal impuesto por la Unión europea y sus normativas fundamentalistas a favor del libre cambio y del no intervenir. Según esa nueva religión, el Estado no debe implicarse en la economía: no existe razón de Estado que lo justifique. Esos ideólogos tampoco saben que el proteccionismo fue lo que permitió la expansión de ese sector durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera. 

Está claro que mantener la extracción de antracita tiene un coste económico, pero si se hace un balance contando los costes sociales inducidos por las prejubilaciones de los mineros, el empeoramiento de la situación de la España vacía en el País Leonés, la caída del poder adquisitivo y del consumo en estas zonas, se vería lo importante que es mantener la minería. Pero no lo ven así. Nadie ni siquiera tomó en cuenta un tema tan importante como la soberanía energética del país. 

Hoy en día, España sufre de un gran déficit del balance comercial en materia de energía: la volatilidad de los precios del petróleo pesa sobre la economía nacional. Al cerrar las minas de carbón, se intensificó la dependencia energética. Ni siquiera hubo un plan de transición del carbón a otra energía para impedir ese fenómeno. La ideología se impuso totalmente ante el pragmatismo. 

Dependemos de Marruecos

Marruecos no está dentro de la Unión europea, y por lo tanto no debe pagar los derechos de emisión de CO2 impuestos por el super Estado de Bruselas. Eso induce que el carbón marroquí sale más barato a extraer que el español; al menos eso es lo que dicen los expertos, esos mismos que no tomaron en cuenta el coste social global del fin de la minería española.

Para satisfacer nuestras necesidades energéticas, el Reino de Marruecos abrió una nueva central térmica en Safi, en la parte occidental del país. Esa infraestructura más la de Jarada ya representan más o menos dependiendo los meses 10% de la importación de energía española. Una dependencia innecesaria sabiendo las cantidades faraónicas de antracita que sigue existiendo en el subsuelo español. 

El carbón sigue siendo tan contaminante, el empleo estable sigue destruyéndose en la península y la independencia nacional sigue siendo un tema de segundo plano para nuestras élites. La lenta agonía del sector minero es puramente ideológica. 

Foto original sin cambio: Silvia Alba

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