El declive del régimen del 78: de la euforia a la confusión

Por Francisco Ángel López Cabello

La creciente debilidad institucional en España, más intensa que en cualquier país de nuestro entorno inmediato, nos sitúa en el planteamiento de considerar la decadencia de un régimen político que parecería “eterno y definitivo”, en un contexto “buenista” y progresista de la Historia, que no es sino un mero deseo de hacer imperecedero lo que como toda construcción humana, tiene fecha de caducidad. 

El primer artículo de la Constitución Española de 1978 proclama que “España se constituye en un Estado Social y Democrático de Derecho […]”, como si por aplicación “mágica” de una nueva ley, apareciese un estado que nunca antes hubiera tenido forma. Los fautores de la Constitución (que no fueron elegidos como asamblea constituyente) pretendían un remedo de la Ley Fundamental de Bonn de 1949, del que resultase el nacimiento de una nación, estructurada con presupuestos a veces vagos, cuando no contradictorios [1]. Llevaba en su ser este texto, el germen de la división, disimulada con el llamado “principio dispositivo”, escudo de la actitud dubitativa y claudicante de los débiles gobiernos de Suárez.

Con el tiempo, el sistema se ha perpetuado a sí mismo mostrando sus supuestos éxitos; nada que no haya intentado cualquier régimen o gobierno desde la superación del estado tribal. La entrada masiva de fondos comunitarios europeos y el crecimiento progresivo de la infraestructura turística han pretendido oscurecer la “confederalización” de España en microestados y la deslealtad de numerosas comunidades autónomas, el paro masivo, así como la crisis financiera y administrativa del Estado [2].

El Coronavirus acaba con el régimen del 78

Ahora, la prensa cita diversas circunstancias políticas y administrativas insertas en la llamada “Crisis del Coronavirus”, que se presentan como fallas o ataques a las libertades o a la democracia, y que en nuestra opinión no son causas de ninguna crisis, sino síntomas de una verdadera decadencia del régimen de 1978 [3]. Empero, podemos preguntarnos si nos hallamos ante una crisis coyuntural o ante un “final de trayecto” del régimen. Bien. Al respecto quien redacta estas líneas no cree que el régimen vaya a sobrevivir muchos más años, pero tampoco que resulte víctima de un virus, antes bien, cae víctima de sus contradicciones.

El Gobierno, reforzado como órgano fácticamente supremo del régimen, es sin embargo, sumamente débil en su dominio numérico del Congreso de Diputados, en un contexto en que la disciplina bipartidista ha claudicado por la crisis de los dos grandes partidos. No se puede disimular que grandes masas de la población se hallan desafectas a PP y PSOE, sin que estos sean sustituidos, más bien complementados hasta la fecha, por Vox, Ciudadanos y Podemos, como fuerzas con representación nacional. Ni qué decir tiene que el Gobierno de Sánchez Pérez-Castejón incide en el apoyo de partidos centrífugos en la misma deriva suicida de Rodríguez Zapatero, pero también de Aznar López y Rajoy Brey.

No obstante, ahora existen más actores políticos que han exigido una “dirección republicana”, experimento de regreso a 1931 o a 1873, en un contexto en que no concurren las circunstancias históricas de ambas (fallidas, además) experiencias. Abierta la “caja de Pandora” de una posible república no hay que olvidar que es algo que no suscita especial interés salvo en sus contradictores. Tampoco el señor Iglesias Turrión parece haberse dado cuenta de lo incierto de promover reformas fútiles y que no se sabe cómo podrían acabar.

La situación de agudísima crisis legislativa, administrativa y económica de España no es salvable con un mero cambio de régimen, que, sin embargo tampoco cambiaría nada, salvo la Jefatura de Estado. Hay que pensar además, que una nueva situación constituyente se podría llevar por el sumidero de la historia a los promotores de una “revolución de papel” (sobre todo considerando la caída electoral de Podemos en las elecciones vascas y gallegas de este 2020).

Lo único claro es que el Régimen está en crisis existencial al no poder ni saber solucionar los problemas socioeconómicos que supuestamente son su razón de ser. Podemos añadir con Maquiavelo que “Si se piensa bien cómo suceden las cosas humanas, se verá que muchas veces surgen accidentes contra los que el cielo no quiere que estemos prevenidos” [4]. Nada sabemos de cómo acabará la decadencia actual, pero eso no impide vislumbrar ya la enfermedad final del Régimen del 78. 

[1] La redacción del artículo 2 de la Constitución es más que expresiva de ese tipo de contradicciones: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. ¿Es una nación? ¿Hay varias naciones? Si es común e indivisible, ¿a qué vienen unas “nacionalidades”, que ni se definen, ni se sabe qué son?

[2] Baena del Alcázar, M. “Manual de Ciencia de la Administración” (Vol. I), Madrid, Tecnos, 2000, p. 105. Incide este autor en la “crisis de legitimidad” de los estados occidentales, desde finales de los años 70, que suscitó el llamado “New Public Management”, medicina regeneradora de la gestión, que sin embargo, no es en absoluto garantía frente a crisis existenciales, cual es el caso de la España actual.

[3] El servilismo de la Fiscalía ante el Gobierno, la inoperancia del Tribunal Constitucional y del Senado, la concentración y confusión entre Gobierno y Legislativo, el caos de la Administración de Justicia, el hundimiento económico… los “ítem” son muchísimos y sería prolijo desgranarlos todos.

[4] Maquiavelo, N. “Discursos sobre la primera década de Tito Livio”, Alianza Editorial, Madrid, 4ª reimp. 2009, p. 290.