CONSECUENCIAS SOCIOECONÓMICAS DE LA CRISIS DEL CORONAVIRUS EN ESPAÑA

Por Sergio Fernández Riquelme
Profesor Universitario y Director de la Revista La Razón Histórica

Twitter: @profserferi

Los meses de confinamiento provocados por la pandemia en España (siguiendo el modelo chino impulsado por la OMS), con la consecuente paralización de buena parte de la actividad productiva, han provocado enormes y negativos efectos sociales y económicos, de impacto inmediato y de trascendencia duradera.

En primer lugar, los datos iniciales de desempleo en la crisis han sido tremendos: el desempleo creció en 302.265 personas ya en el primer mes del “Estado de alarma” (SEPE) y 833.979 puestos de trabajo fueron destruidos (o afiliados menos), y varios millones de autónomos solicitaron prestaciones tras la clausura de sus negocios. Asimismo, más de 3,5 millones de trabajadores fueron afectados por ERTEs en el mes inicial de confinamiento (con la lógica reducción de ingresos) que desbordaron los recursos de gestión administrativa pública y aumentaron considerablemente el gasto estatal para protección por cese temporal de la actividad (con una previsión de más 5 mil millones mensuales). Y los niveles de pobreza, o riesgo de estarlo, volvían a niveles que creíamos superados.

En segundo lugar, las previsiones socioeconómicas son, cuantitativa y cualitativamente, desastrosas. El BBVA calculaba en un 12% la caída del PIB español en el segundo trimestre (aunque apuntaban a que la recuperación podría ser rápida); mientras, la CEOE advertía a principios de abril que nuestro PIB podría contraerse entre un 5% y un 9%, y que la destrucción de empleo dejaría a más de medio millón de personas en el desempleo estas primeras semanas. Posteriormente el FMI, en su informe de abril de 2020 pronosticaba la caída del PIB de España en un 8% para el año 2020 (solo superada por Italia y Grecia en la zona euro) y que la subida del paro podría llegar hasta una tasa del 20,8% (duplicando la media europea); aumento que podría llegar para PriceWaterhouseCoopers (PwC), incluso, hasta el 29,8%. Unos vaticinios sobre la economía española que suponían la mayor caída desde que el Instituto Nacional de Estadística tenía registros (1970), y asimismo apuntaban a que el déficit público en el país llegaría hasta el 9,5% y la deuda alcanzaría el 114,6% (según las estimaciones paralelas de su “Monitor Fiscal”).

Datos y previsiones que dibujaban una realidad compleja y un horizonte oscuro. Pero situación de colapso que el Gobierno ha intentado frenar, o paliar, con el llamado “escudo social”: conjunto de medidas necesarias de protección social, económica y laboral que intentaban llegar al conjunto de la población trabajadora forzosamente confinada (de ERTEs obligatorios a un Ingreso mínimo vital), casi el 30% de la población activa según la EPA o el INE. Aunque un importante gasto público sobre el que existían dudas razonables sobre su capacidad de financiación a medio y largo plazo: cuestiones sobre cómo sufragar esta protección tan amplia ante la caída espectacular de ingresos en las administraciones públicas por dicha paralización, sin crear una posterior “crisis de deuda” que conllevara muy pronto ajustes y recortes. Ahora bien, coste presente y futuro que estará condicionado por la duración de las restricciones asociadas a la “alerta sanitaria” en España (y por la urgente “desescalada”); por la limitada capacidad de endeudamiento del país ante la falta de “Eurobonos” y la elevada deuda pública nacional existente; y por la amplia caída de recursos tras la masiva destrucción de empresas (con sus menores o inexistente cotizaciones e impuestos), especialmente en el sector servicios, tan clave en España con hostelería, comercio y turismo (122.000 empresas destruidas solo en marzo).

Pero junto a estos fríos datos, también encontramos dramas sociales que apenas aparecen en los medios, pero que es imprescindible conocer y afrontar: familias al borde de la pobreza, mayores solos en residencias y hogares, enfermedades ocultas entre cuatro paredes, expectativas laborales paralizadas o hundidas por el colapso, violencias intrafamiliares desatadas, deficiencias en los sistemas de salud, una posible mayor precarización del trabajo postcrisis, o miedos legítimos ante perspectivas de desempleo estructural y recortes inevitables.

Otro contexto crítico en la actual era de la Globalización (tras la depresión socioeconómica de 2008-2013) donde, de nuevo, se ponen a prueba, pero en una dimensión mucho mayor, las claves esenciales de la Política social del siglo XXI:

La integración europea: encontraremos tras esta crisis una UE donde se reparta el coste de la reconstrucción inevitable (y que sea por ello más cohesionada) o una comunidad continental donde cada país (o bloque) apueste por sus propios intereses nacionales (dando un pésimo ejemplo al mundo).

La gestión del gobierno: veremos ejecutivos capaces de atender las necesidades reales de la ciudadanía desde sus derechos pero con responsabilidades, o centrados exclusivamente en defender su supervivencia política desde la propaganda masiva y la creación de sectores dependientes.

La base económica: predominarán propuestas más estatistas de control y gestión (desde nacionalizaciones a cargas impositivas), respuestas más liberales de des-regulación y competitividad (de privatizaciones al lema “start-up”), o propuestas mixtas donde lo público y lo privado colaboren en beneficio del Bien común.

La solidaridad ciudadana: se construirán fraternidades reales que luchen contra la exclusión y la desigualdad injusta, o se extenderán compañerismos mediáticos y temporales ajustados simplemente a lo políticamente correcto.

La soberanía política: reinará un sistema globalista donde los poderes supranacionales controlen finanzas e informaciones, o surgirán naciones soberanas capaces de diseñar el propio camino y elegir sus valores comunitarios fundamentales.

El desarrollo humano: se aprenderá la posible lección de ahorro y decrecimiento aprendida en la Cuarentena (eso sí, de manera obligada), o se volverá al modelo globalista de masiva producción y consumo ilimitado con sus efectos medioambientales y comunitarios perniciosos (eso sí, tan adaptado a nuestro estilo de vida liberal-progresista).

Una crisis ante la que cerrar los ojos (esperando que pase lo más rápidamente posible), ante la que no cuestionar nada por solidaridad y unidad (por militancia ideológica o simple supervivencia) o de la que aprender otra lección de responsabilidad (exigiendo cuentas al que manda o puede mandar). Esta es la gran elección social y ciudadana.

 

Foto original sin cambio: Oscar F. HeviaCC BY-NC-ND 2.0