1520-2020: Vuelve el sanguinario Imperio Otomano… Y esta vez nadie le pone freno

En torno a 1520, los enormes recursos materiales, económicos y humanos de Anatolia y los Balcanes, junto con una organización enfocada a la guerra, convierten al Imperio Turco en una potencia militar imparable.

Su poder en el Mediterráneo es total, donde somete a Venecia en el Egeo, y conquista Egipto y Rodas. En paralelo, los turcos buscan expandirse hacia Occidente mediante la alianza con corsarios norteafricanos de origen otomano, los hermanos Barbarroja. La alianza expande el dominio otomano por toda la berbería con la creación de las regencias de Argel y Trípoli.

Solo Túnez, apoyado por una España dividida en múltiples frentes, se le resiste. Entretanto, las costas españolas e itálicas sufren constantes incursiones berberiscas.

En este escenario, Venecia ocupa una posición ambigua, debido a sus intereses comerciales, aunque se halla en competencia directa con los turcos, por el control del Egeo. Su riqueza se funda en la importación de especies, seda y otros productos orientales del Imperio Otomano. Asimismo, la República de Venecia depende del grano importado del Levante de Oriente Medio para alimentar a sus ciudadanos.

Por todo ello, los venecianos realizan una política de doble juego, que busca el entendimiento con el Sultán, del que logra un trato comercial preferente.

Cuando los turcos atacan el bastión cristiano de Malta, el comercio entre otomanos y venecianos está en su apogeo, y para la República de Venecia, los caballeros cristianos de Malta son una molestia y una amenaza para sus tratados comerciales.

TRAS 500 AÑOS LA HISTORIA SE REPITE

2020. Turquía tiene el segundo mayor ejército de la OTAN, con presencia de tropas en múltiples teatros de operaciones. Mantiene (ocupando ilegalmente) tropas de combate en Chipre, Siria, Irak, y Libia. Tiene un contingente de defensa en Qatar, Somalia, y Sudán, y acuerdos de cooperación militar con los ejércitos de Pakistán, Malasia e Indonesia.

Además, utiliza a modo de «testaferros» a Azerbaiyán y Albania, como una prolongación del propio Estado turco, allí donde no puede, o no le interesa llegar formalmente por sí mismo.

Esto lo combina con una agresiva política de «diplomacia blanda» de inversiones internacionales. A través de su organismo TIKA, Turquía es uno de los mayores inversores en proyectos de cooperación (islámica) en los cinco Continentes.

Allí donde haya un conflicto que pueda utilizarse para sacar rédito en el mundo mahometano, encontraremos a Turquía azuzando el mismo, ya sea en Pakistán, Filipinas, o Bosnia y Herzegovina (país donde por cierto Erdogan inició con un mitin multitudinario su última campaña electoral).

TURQUÍA AMBICIONA SER NUEVA POTENCIA ENERGÉTICA

La Unión Europea quiere depender energéticamente de las importaciones energéticas que atraviesan Turquía, convirtiéndola en el centro gasístico más importante de la zona. Ha llegado incluso a forzar a que Rusia tenga que desviar el proyecto inicial de South Stream para beneficiar a Erdogan. Y encima está financiando el gaseoducto proveniente de Azerbaiyán hacia territorio comunitario, que también atravesará Turquía.

Pero sus ambiciones energéticas van más allá. Recientemente Erdogan ha iniciado una expansión marítima sin precedentes en la historia moderna del Mediterráneo, utilizando la ampliación ilegal de sus aguas jurisdiccionales, para intentar apropiarse y explotar yacimientos de hidrocarburos. Esto ha ocasionado un choque frontal con Grecia no solo en el Egeo, sin que Bruselas haya reaccionado.

En esta expansión marítima se ha apoyado en Libia, país que ocupa colonialmente en una guerra fratricida, del que ambiciona sus ricos yacimientos petroleros, y en el que emplea hordas de mercenarios yihadistas del Estado Islámico.

Además, Turquía utiliza también a Libia, junto a Túnez (otro Gobierno más de la red neo-otomana), en su celebérrima estrategia de chantaje turco contra Europa, utilizando las oleadas migratorias como arma demográfica, para conseguir contraprestaciones.

ESPAÑA SE PONE DE REFILÓN

Madrid, la capital de España, tuvo como alcalde durante la Edad Media, a un Rey de Armenia exiliado de la persecución mahometana. En Madrid también fue donde Monte Melkonian, el héroe de la Guerra de 1992, tomó conciencia de su identidad armenia.

Sin embargo, lo que prima hoy día en el Gobierno de Sánchez, son los intereses comerciales de España con Turquía, que están marcados por la inversión del BBVA en el país, las ventas de material bélico a Turquía y Azerbaiyán, y la concesión de obras de infraestructuras a constructoras españolas. De este modo, los turcos han sabido comprar tanto peso en la balanza comercial, que España ha sido el único país que ha prestado a Turquía sus misiles Patriot.

Nadie parece darse cuenta que no es un problema ajeno, ya que si la expansión otomana, basada en el patrocinio de Catar, la fuerza militar turca (y sus mercenarios yihadistas), y la ideología de los Hermanos Musulmanes sigue extendiéndose como una mancha de aceite, y llega a Argelia, la seguridad energética española estará en peligro, y con ello toda nuestra economía. Si Argelia cae, España lo pasará muy mal.

En 1520 hacía unos 100 años que los turcos habían tomado Constantinopla, sin que Occidente lo evitase. En 2020 hace unos 100 años que los turcos evitaron que Constantinopla retornara al control cristiano, debido a la oposición de las potencias Occidentales.

Hoy Armenia es el último bastión cristiano de Oriente Medio, un reducto de libertad que corre el peligro de ser borrada del mapa, sin que nadie en Occidente ose plantar cara al imperialismo de la media luna, y la Unión Europea, como Venecia hace 500 años, antepone los intereses comerciales de unos pocos, que no son el bien común de todos los ciudadanos de la Unión.

Foto original sin cambio: Jorge Láscar from Australia – CC BY 2.0