CUANDO EL AVIÓN LO PILOTA UN MONO AL SON DE UN CASTRAPUERCOS. UN CUENTO DE FINAL INCIERTO.

Por José María Ruiz Puerta
Abogado

Hay que reconocer que Pedro Sánchez es muy mono. Está bien plantado. Es un currutaco de lujo, un lechuguino de masa madre. Es un petimetre gomoso, orgullo de hijos de mil padres y madres analfabetas que, eso sí, saben apreciar un ejemplo de pisaverde. 

Y pilota el avión

¿Y qué pasa cuando un mono pilota un avión? No creo que haga falta describir el semblante del pasaje cuando una azafata, de las de chalet con piscina y casa de invitados, anuncia por megafonía que, en nombre de Gaika, les saluda y les desea un feliz viaje… y que el piloto automático no funciona porque un virus acaba de enloquecer el ordenador de a bordo.

La existencia de un copiloto podría dar tranquilidad, pero entre el pasaje inspira pocas esperanzas. Cierto es que tiene una careta muy salada, pero su morro es muy duro y no puedes tratar de hincarle el diente sin perderlo, porque es un sacamuelas (por vía tributaria) dispuesto a dejarte sin vocabulario como se te ocurra abrir la boca. Y, además, le han visto liarse con la azafata, para qué más.

Como siempre hay un listo que todo lo sabe, Iván El Terrible propone vestir al mono con el uniforme de piloto. Y se afana en ello con todo su empeño, porque de gestionar una situación de crisis no tiene ni idea, pero de vestir la mona, o de dormirla, de eso sabe un rato. Lo presenta a la plebe como un ostentoso perdonavidas que canta boleros y rebuja cuentos, con ropajes georgette de seda y caída sugerente, y una corbata colorida que inspire tranquilidad entre los asustados viajeros. ¡Dios Santo, cuánta finura y acierto que sublima, y eleva a la quintaesencia, la ciencia aplicada del troche y moche!

Para fastidiar la magia, alguien del pasaje insinúa que el mono, aunque se vista de georgette, mono se queda. ¡Cuánta inquina! Desde la sexta fila aúlla un sobrecargo acerca de la propagación de bulos entre los viajeros: “toda crítica al gobierno del avión es un delito de odio”, dijo, y prohibió que se pudiera hablar con más de una persona a la vez. Así, la gente se aburre a la segunda.

Como normalmente la concurrencia confía en el piloto automático (porque el avión llega a su destino cualquiera que sea el nivel de incompetencia del piloto), al anunciar la azafata el coronavirus se extendió un cierto sinsabor.

Cuando, de forma alevosa, un fachamacho y una femisumisa preguntan (desde cualquier lugar del avión, de la izquierda o de la derecha): “pero, ¿quién gobierna los mandos?”, los atrapamoscas de la siniestra, soberbios guardianes de la moral, contestaron al unísono con una performance vanguardista: “el mono, el mono.

Y cuando volvieron a preguntar: “si, si, pero ¿hay alguien más?”, rápidamente la banda organizó una finger-pointing contra aquellos facciosos. Con el sonido de fondo de un castrapuercos, los acusan, señalan, ostracistan y cauterizan con un lanzallamas purificador que los dejó pelados en el fondo de su asiento.

En el avión parece todo controlado. Fuera, no piensan igual. Desde tierra se escucha: “Torre de control a mono, torre de control a mono, ¿cómo podemos ayudarte si lleváis años sin control?”. Al mono se le puso cara de póker simiesca. 

Tic, tac, tic, tac, tic, tac… pasa el tiempo y el keroseno se agota (con gran alivio de la Greta y sus Orejeras). ¿Cómo aterrizará el avión? Está siendo guiado por un figurín peripatétic@ que es sostenido por una caterva siniestra que no quiere darse cuenta que, al terminar el sonido del castrapuercas, ellos correrán la misma suerte que el resto del pasaje, como un virus respecto del cuerpo que corroe. Dios mío, ¿se merecen los viajeros este destino tan aciago?


Foto original sin cambio: La Moncloa – Gobierno de EspañaCC BY-NC-ND 2.0

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